lunes, 26 de junio de 2017

Las cámaras ocultas, un invento que carga el diablo



Desde las primeras cámaras capaces de grabar una acción en movimiento hasta los modelos de los que disponemos en la actualidad no han pasado ni siquiera cien años, pero la evolución que  han sufrido las ha situado a años luz unas de otras.  Fue el ruso Vladimir Zworykin quien creó el primer sistema de captación de imágenes en 1923, pero hasta 1926 no se logró transmitirlas, gracias al escocés John Logie Baird.
Esta tecnología puntera se usó para crear el mayor entretenimiento que la humanidad ha creado: la llamada "caja tonta", es decir, la televisión, que al principio parecía cosa de magia pero que ahora se ha hecho casi imprescindibles en nuestras vidas. Y también, cómo no, para la creación del séptimo arte, el cine,  la mayor fábrica de fantasías que nunca había existido, y que se ha transformado en la industria que más dinero mueve en todo el mundo.
Así, desde aquellas primeras cámaras profesionales  que eran verdaderos armatostes y que era necesario que las usara alguien ducho en el asunto, pasamos a otras más pequeñas, las llamadas portátiles, que pronto empezaron a llamar la atención de un público menos especializado, pero que también quería ser capaz de plasmar en imágenes dinámicas las experiencias de su día a día. Y se desarrollaron entonces lo que llamamos cámaras de video domésticas, que al principio se vendían de forma individual, pero que después, conforme fueron apareciendo otros dispositivos con más movilidad, acabaron desembocando en las webcam y en las cámaras de nuestros móviles y tabletas.
Y ahí, en esas cámaras móviles, que cada vez tenían mejor resolución y eran más eficaces, es donde está el quid de la cuestión. Las empresas de seguridad, tanto gubernamentales como las de nivel usuario, vieron un filón en esta tecnología, e inventaron lo que conocemos como cámaras ocultas, que pronto se volvieron cámaras espías. La evolución parece obvia en un sentido tecnológico, pero en el ético quizá no lo sea tanto, y explicaré el por qué.
Como con todo, el invento de las cámaras espía  seguramente tenía un uso justificado en pos de la seguridad ciudadana; pero claro, aquí llega la picaresca del género humano, y lo que en un principio nos permitió sentirnos seguros, después empezó a servirnos para nuestro propio beneficio, y no de la manera más altruista precisamente. De velar por nuestra seguridad, estos dispositivos han pasado en hacerse compañeros de nuestras más bajas pasiones, desde las más inocentes como descubrir infidelidades, a otras como grabar incestos xxx o acompañarnos en nuestras incursiones voyeur. De hacerle un mal uso, ya nos encargamos nosotros y nuestras mentes calenturientas. 
Así que ya veis, uno nunca sabe si esas pequeñas cámaras espías, que fueron creadas como un elemento para mantener a salvo a las personas, se han convertido en el peor enemigo de nuestra privacidad, siempre en las manos más inadecuadas.